lunes, 15 de octubre de 2012

El secreto de los pequeños detalles

 
 
“EL QUE FIJARE SU MIRADA EN LOS PEQUEÑOS DETALLES SERÁ CAPAZ DE COMPRENDER LA INMENSIDAD DE LAS COSAS”. Eusebio Leal Spengler.
 
 
Desde que me aficioné al mundo de la fotografía, y siendo honesto conmigo mismo, he de reconocer que no he profundizado demasiado en este arte, y en este caso no es falsa modestia, simplemente no me he tomado el esfuerzo de aprender por pura pereza, mi inseparable amiga de la que ya os he hablado otras veces. Y conste que lo he intentado, incluso he llegado a hacer un curso intensivo, pero siempre acaban superándome tantos conceptos técnicos: distancia focal, apertura, lentes, balance de blancos, histograma, objetivos y un sinfín de definiciones que una y otra vez se me atragantan y me hacen aparcar “temporalmente” el estudio en detalle de la técnica para tiempos mejores...
 
Sin embargo, para mi sorpresa (y mi suerte), lo que sí ha cambiado sustancialmente es la manera de ver el mundo desde que poseo una cámara, y sobre todo, desde que salgo a menudo con ella. Puedo afirmar sin miedo a equivocarme que ahora observo las cosas desde otra perspectiva, una muy diferente, una que me está permitiendo desde hace un tiempo mirar lo que sucede a mi alrededor de forma distinta, a veces diría que fascinante.
 
No me importa en absoluto seguir haciendo las fotos en automático, qué le voy a hacer. Ya os he comentado que de momento tendrá que ser así, pero eso es completamente secundario cuando lo que sí tengo muy claro cada vez que pulso el botón del disparador de mi cámara es lo que quiero fotografiar y por qué lo quiero hacer. Me pasa incluso a veces que veo las cosas que suceden delante de mí como esas repeticiones a cámara superlenta que nos pone la televisión, y que nos permiten apreciar cada pequeño detalle de ese gol o de ese saque del tenista, y sin embargo, soy consciente de que el ser humano no posee esa capacidad.
 
Y aún mejor, cada vez estoy más convencido que el hecho de no pasar por alto esos pequeños detalles cotidianos forma parte, en mayor o menor medida, de un gran secreto, ese que el historiador cubano Leal Spengler definía como “la capacidad de comprender la inmensidad de las cosas”. Puede sonar un poco a filosofía barata, lo sé, soy el primero que reniego de la misma, y seguramente lo que reflexiono ahora en mi cabeza al tiempo que transcribo en este blog va más allá de lo que puedo explicar con palabras. pero coincidiréis conmigo en que cada uno de esos momentos a simple vista insignificantes que ocurren cada día delante de nuestras narices contienen la esencia de la vida. Ni más ni menos. Ahí no cabe discusión.
 
Lo que viene a continuación son algunas fotos de esos pequeños detalles, de esas personas anónimas y de esos momentos fugaces que no quise dejar escapar. Todos ellos contenían algo diferente, algo que me interesó, había una historia detrás de ellos, y sobre todo, algo único, porque no hay dos instantes iguales, y cada uno que nos perdemos, NO VUELVE A PASAR…
 
No importa si el detalle fue ese pomo de la puerta que os causó especial asombro, ese defecto en la pared que os pareció interesante, un botón del ascensor diferente de los demás, un niño bebiendo agua en una fuente o esa anciana que cuidaba de su nieto en el parque. Ese momento ocurrió, y fuimos testigos de algo único.
 
Se que muchos podéis pensar que en algunas fotografía que comparto hoy con vosotros hay un poso de tristeza, quizás algo de dolor, y estoy plenamente de acuerdo, pero es que la esencia de la vida se compone igualmente de alegría y de pena, de gozo y de dolor. Ya lo decía Andrés Montes, “la vida puede ser maravillosa”. Y es verdad, puede, pero no siempre lo es, pero eso no quiere decir que debamos retirar siempre la mirada de aquello que no nos gusta. Sería un error.
 
Poco más os cuento hoy. No hay técnica en la fotografía que os traigo, sólo mucha pasión y como os digo, un esfuerzo increíble por no dejar pasar nada sin prestarle ese segundo de atención intentarlo captarlo tal y como lo he vivido. Como ocurría en uno de los post anteriores, no se trata de una selección realizada de manera concienzuda, ni son seguramente mis fotos favoritas, pero teniendo miles de ellas, era un ejercicio de locos realizar ese trabajo, así que de nuevo un poco al azar, os dejo diez fotos, diez instantes de vida, diez momentos que no se volverán a repetir y que ocurrieron justo allí, justo delante de mi cámara durante los escasos milisegundos en los que dura la pulsación del disparador…
 









 
 
P.D. A los que pensáis que no sois buenos fotógrafos, a los que creéis que vuestras fotografías no son dignas de mostrarse, a los que sentís vergüenza por compartirlas, recordad que ese encuadre de esa escena en esa precisa milésima de segundo no lo hizo nadie más. Vuestra foto es única, porque cada instante es único e irrepetible. Y cada foto es una historia, o miles de ellas. Por algo se dice que una imagen vale más que mil palabras…


domingo, 30 de septiembre de 2012

Nostalgia del Camino

La semana pasada, mientras conducía por razones de trabajo en dirección a Aguilar de Campoo, pasé junto a Frómista. Era muy temprano, apenas había amanecido, y pude ver ya varios peregrinos caminando por el puente que cruza justo encima de la autovía, comenzando su jornada para finalizarla muy probablemente en Carrión de los Condes. Admito que al verles, un escalofrío que conozco muy bien recorrió todo mi cuerpo. Es precisamente allí donde empecé mi Camino, y digo que conozco muy bien esa sensación porque nunca ha dejado de perseguirme desde que acabé el Camino hace ya más de tres años, y porque muchas cosas cambiaron a raíz de aquella aventura.
 
Ya os había adelantado en varias ocasiones que tarde o temprano hablaría del Camino. Y lo haré de una manera especial. Para que no me traicione la memoria recordando aquellos maravillosos días, copiaré y pegaré aquí varios extractos de mis memorias del Camino, cogidos un poco al azar junto con varias de las fotos que hice, y que pude compartir casi en directo con algunos de vosotros durante aquél mágico verano. Una experiencia inolvidable.
 
 
24 Julio 2009
“Buscaba la palabra para definir la sensación al estar sentado aquí, viendo como atardece. Y creo que la palabra podría ser serenidad. Se oye hablar a los paisanos, y también a los peregrinos sentados en los bancos alrededor de la plaza. Me parece que es hora de sacar el bocadillo y disfrutar de esto un poco más...”

 
 
25 Julio 2009
“...he hecho la colada, claro. Porque hay que lavarse la ropa de vez en cuando, y... bueno, en esto de "lavar" la ropa caben varias interpretaciones: ¿es necesario usar jabón para considerar que has "lavado" la ropa? Si es así, rectificaré, y diré que he "dado un agua" a la ropa...”

 
 
27 Julio 2009
“La mayoría de la gente que compartíamos albergue hemos salido a las 5.30 de la mañana. Os aseguro que caminar a esas horas entre campos de cereal, y a oscuras, es algo indescriptible. Por alguna razón, imagino que por la sensación de inseguridad, todos los sentidos se agudizan, y se perciben olores y sonidos que de otra forma sería imposible captar. Es algo difícil de explicar aquí.
 
Y qué os puedo contar de ver amanecer mientras caminas. Mientras el sol sale a tus espaldas, el cereal se tiñe de color, pasando de la oscuridad más absoluta al dorado más intenso en cuestión de minutos. Esto sí que es algo grande.”

 
 
28 Julio 2009
“Os contaré que Venanzio Mondadori es un hombre de 60 años, del norte de Italia, que hace el camino por años en varias etapas, y que este año llegará por fin a Santiago. Profesor de enseñanza secundaria, apasionado de su trabajo. Hombre sereno, tranquilo, de inmensa humanidad. Su mujer se une a él en los próximos días. Se diría que es un hombre feliz. Al menos feliz consigo mismo. Y si yo escribo estas crónicas, que parecen largas, tendríais que ver lo que él escribe en su cuaderno. Ayer escribió más de 10 páginas. Venanzio es un hombre de izquierdas, con fuertes creencias religiosas que no trata de vender ni imponer a nadie. Sus hijas, de 34 y 26 años, son parte muy importante de su vida, pero las ha enseñado a ser independientes desde muy pequeñas. Ellas pasarán un tiempo en el extranjero los próximos meses...”
 
 
 
29 Julio 2009
“Los primeros 20km los he hecho solo, sin encontrar ni un solo peregrino. Cuando ocurre esto es inevitable pensar: "vaya, me he equivocado y seguramente voy camino de Albacete sin darme cuenta". Afortunadamente un ciclista me ha alcanzando confirmando que, o bien íbamos los dos para Albacete, o bien estaba siguiendo la senda correcta.”
 
30 Julio 2009
“Una vez llegados a Astorga, y tras el pertinente sellado de la credencial en la catedral, ha llegado el momento de la despedida, ya que yo seguía camino hacia Rabanal. Os estaréis preguntando como puedo hablar de despedida si apenas los conocía. Bueno, no puedo explicaros estas cosas, porque ya os dije que hay que estar aquí para vivirlo, pero solamente puedo decir que han sido dos de los abrazos más honestos y emocionados que me han dado en mucho tiempo, que me confirman una vez más que no me equivoqué al decidir hacer el camino.”
 
1 agosto 2009
“…seguimos en Rabanal. Y como ya podéis suponer, eso significa que no estoy bien. El tobillo sigue hinchado, y el dolor, aunque me permitiría al menos intentarlo, es suficientemente importante como para saber que si hoy camino, mañana me tengo que ir a casa. Y ya veremos si no me tengo que ir de todas formas. En cualquier caso, TODAVIA ESTOY AQUI, y el abandono no entra en mis planes, al menos no hoy.”

 
 
2 Agosto 2009
“…a medida que ascendíamos, nos acercábamos lentamente a las nubes blancas que cubrían las laderas de la montaña. Cuando hemos alcanzado las nubes, y a medida que el sol subía en el horizonte, se ha creado una cierta atmósfera fantasmagórica, con las figuras de los peregrinos avanzando a contraluz entre las estrechas sendas del camino. He de reconocer que hoy se respiraba algo especial en la etapa. Algo diferente a otros días.…”
 
 
 
5 Agosto 2009
“…los italianos, sin lugar a dudas, y sin tener en cuenta a los españoles, son los más numerosos del camino. Después les siguen alemanes y franceses. Y luego, de todo un poco. He conocido en estos doce días a polacos, húngaros, canadienses, americanos, australianos, eslovenos, eslovacos, brasileños, coreanos, japoneses y un largo etcétera de otras nacionalidades…”
 
“…mientras, un concurso de dibujos de tipos de culos sobre el mantel de papel de la mesa. Culo pollo, culo plano, culo descolgado... Así como suena. Los finalistas, Andrea (nombre de chico en Italia) y yo. Perdí en el último momento. Me quedé sin ideas de culos.”
 
6 Agosto 2009
“…allí solo faltaban Légolas disparando flechas a las vacas del camino y Frodo llevando el anillo a la casa de empeños de Santiago en una arriesgada misión. De hecho, casi me ha parecido escuchar una preciosa canción elfica a lo lejos, aunque al poco tiempo me he dado cuenta que era una radio que emitía reguetón para entretener a las vacas…
 
7 Agosto 2009
“…sorprendentes descubrimientos, y hasta hoy, he comprobado que se puede lavar la ropa con champú de huevo, con un excelente gel de baño con aloe vera para pieles sensibles, con un jabón de La Toja con sales dermoprotectoras, y finalmente, hace un rato, con un sucedáneo de Mistol que usan para el lavavajillas del albergue ha hecho milagros con mis calcetines y calzones.”
 
8 Agosto 2009
“…de repente, y entre unos árboles de tronco más estrecho allí estaba. Ese inconfundible cartel, en medio de la espesa foresta, a más de 3km de cualquier pueblo conocido, anunciando... el ¡¡Bar Manolo!!, desayunos con zumo y tostadas por 3,70 euros.”
 
 
9 Agosto
“…me han venido a la cabeza todas las personas que he conocido en el camino, todas las experiencias que he vivido, esta inusitada y desconocida sensación de libertad, y esta no menos sorprendente inspiración para escribir estas crónicas…”
 
“…¿Pero queréis saber algo? Santiago no es el fin del camino. El camino es una excusa como otra cualquiera. La vida es el verdadero camino, y como me aconsejó hace muy poco una grandísima persona, "no recorras la vida, vívela".”
 
 
 
Pues eso es todo por hoy.
Buen Camino.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Fotogramas en mi retina

El cine, el séptimo arte. Ese mundo absolutamente mágico que por unos instantes nos transporta a paraísos soñados, que nos hace cómplices de amores imposibles, o nos sitúa en la escena del crimen perfecto. Que hace que nos olvidemos de la mundanal rutina, y que también por un momento, nos permite empatizar o incluso ponernos en el papel de ese galán, del aventurero, de la espía o de la bella científica protagonista de ésta o aquella película.
 
Me apasiona el cine, y a lo largo de los años, igual que muchos de vosotros, he acumulado cientos y cientos de películas en ese increíble e intrincado disco duro que es nuestra memoria, desde aquella primera vez que mis padres me llevaron a ver al cine, y que si no recuerdo mal, fue para ver la Guerra de las Galaxias. Todos tenemos grabados en nuestras retinas aquella escena que nos puso los pelos de punta, aquella otra que nos encogió el corazón de emoción, o la que nos hizo reír durante varios días. Seguro que recordamos esos segundos que nos hicieron llorar ríos de lágrimas, o ese terrible susto en la pantalla que nos hizo saltar varios centímetros del asiento. Y es que eso es el cine.
 
No es mi intención hablar hoy aquí de películas, ya habrá otro día para ello, pero sí me apetecía ya desde hace algún tiempo aprovechar el blog para mencionar algunas escenas que perduran en mi memoria. Me resulta difícil hablar aquí de las que serían mis escenas favoritas, porque tendría cientos de ellas, así que como ya es habitual a veces en el blog, iré escribiendo sobre unas cuantas seleccionadas entre el caos de imágenes que vayan viniendo a mi memoria. Ya sé por tanto que olvidaré docenas de ellas. Probablemente algunas corresponden a películas mediocres y otras a grandes filmes de la historia. No importa, no son las mejores escenas del cine, pero por una razón o por otra, todas ellas han quedado grabadas en algún rincón de mi cabeza y su aparición aquí tendrá su sentido.
 
Empiezo a pensar, y me viene a bote pronto a la memoria aquella romántica escena de EL PACIENTE INGLÉS, pero no de los protagonistas principales, sino de Hana (Juliette Binoche) y Kip (Naveen Andrews), papeles secundarios - pero no menos importantes - y presentes en esta hermosa secuencia de una película no menos hermosa.
 
 
 
 
Cierto es que escenas románticas hay miles, pero ésta es la que me vino a la cabeza. Podría también haber pensado en películas como MEMORIAS DE ÁFRICA, LOS PUENTES DE MADISON, ALGO PARA RECORDAR, NOTTING HILL, etc… pero también he intentado huir en este post de las escenas más clásicas y muchas veces reproducidas hasta la saciedad, que para eso ya hay otros blogs y otros listados que podéis encontrar en internet.
 
Sigo pensando, y como si se tratara de una bola del bombo del sorteo de navidad, extraigo de repente otro momento excepcional. Es el final de LOST IN TRANSLATION. Los que no la vieron y quieran verla que no sigan leyendo. Un Bill Murray en uno de sus mejores papeles deja de lado por un momento su amargura y hastío cuando conoce a la joven interpretada por Scarlett Johansson. Al final, como muchas cosas en esta vida, no hay un final feliz, y sin embargo el espectador contempla la escena final desde una relativa tristeza, entendida como parte de esta bella función que es la vida, y que sigue más allá de las despedidas y de los amores imposibles. La secuencia no es especialmente brillante (aunque sí la música), pero pone un digno y tierno colofón a una maravillosa – aunque extremadamente lenta, lo advierto – película. 
 
 
 
 
Y así, sin orden ni concierto, paso de un final de película a los primeros 60 segundos de otra. La escena de nuevo no es brillante ni un hito en la historia de la cinematografía, pero el discurso de inicio de la película (imágenes y voz en off) sí me cautiva. He elegido esta escena sobre todo, porque lo he vivido en mis muchísimas esperas en los aeropuertos, y os aseguro que si prestáis atención cuando estéis en uno de ellos, os podéis llegar a emocionar contemplando escenas como las de este comienzo de LOVE ACTUALLY.
 
 
 
 
Sigue reinando el caos en mi mente, y esta vez aparece una escena que posiblemente sea la menos conocida de las que hoy suba al blog. A mi juicio, una de las más poéticas que nunca he visto. Es parte de EL CAMINO DE LOS INGLESES, una película dirigida por Antonio Banderas, compleja y difícil de digerir, lo reconozco, pero que sólo por ver escenas como ésta mereció la pena.
 
 
 
 
Ya había pasado antes como una estrella fugaz, pero ahora se detiene súbitamente una canción en mi mente. Se trata de una exquisita aria de la ópera bufa “Las bodas de Fígaro” de Mozart. Posiblemente algunos ya sepáis de qué escena y de qué película hablo: CADENA PERPETUA, con unos sensacionales Tim Robbins y Morgan Freeman. Este momento es único, brillante, absolutamente emotivo. Reconozco que se me pone siempre la carne de gallina al ver la escena, sin saber muy bien por qué.
 
 
 
 
Hay sin duda muchas más escenas emotivas que pululan por mis neuronas, como la secuencia de los búfalos en BAILANDO CON LOBOS, algunas de la inolvidable FORREST GUMP, y cómo no, de la tierna y mágica BIG FISH.


Aparecen ya varias escenas cómicas en mi mente que hasta ahora había dejado pasar a un segundo plano, como dando menos valor a la comedia, cuando de todos es sabido que es más difícil hacer reír que hacer llorar. De todas esas secuencias cómicas en las que pienso, la mayoría son de los Hermanos Marx, así que me resulta difícil elegir, pero la escena del camarote de UNA NOCHE EN LA OPERA es ya un clásico de la historia del cine cómico que me hace llorar… de risa. ¡No os la perdáis por favor!
 
 
 
 
Y siguiendo con la comedia, me quedo con otra película de las de antes. UN CADAVER A LOS POSTRES. Una comedia exquisita con el inolvidable, entre otros, David Niven. Estoy seguro que muchos recordaréis esta hilarante escena…
 
 
 
 
Podría hablar de docenas de momentos que me han hecho terminar con dolor de abdominales por la risa, como muchas escenas de las películas francesas LA CENA DE LOS IDIOTAS o la también francesa BIENVENIDOS AL NORTE. Hay también momentos memorables de unos pocos segundos donde he oído a todo un cine muriendo de la risa, como cuando Brad Pitt simula ser italiano en la disparatada, violenta y magnífica locura de Tarantino, MALDITOS BASTARDOS. Esas tres palabras que pronuncia el Sr.Pitt en su papel de americano pasando por italiano frente a un general nazi son de las que no se olvidan...


Hay muchísimas más escenas que aparecen en mi mente, esta vez de acción, pero no puedo poner hoy doscientos videos, entre otras cosas porque no creo que el blog esté preparado para ello. Recuerdo la increíble persecución en THE ITALIAN JOB – la original - con los Minis, aunque vista tantísimos años después parece un poco ingenua, o recuerdo también otras como las protagonizadas por BOURNE en su serie de películas. Pero para persecución y con cierto tono de comedia, no perdáis la de la película francesa TAXI.  
 
 
Hablando de acción, no olvido tampoco la salvaje y sangrienta apertura inicial de BLADE (sí, a mi me gustan también los vampiros...), con la canción Confusion de New Order sonando mientras los vampiros esperan su ducha de sangre, ni por supuesto dejo de lado las espectaculares (e innovadoras en su momento) luchas de MATRIX, unas de las primeras en mostrar ese efecto efecto slow motion que todos recordaremos en las balas además de la filmación de 360º...
 
En fin, vamos acabando porque de otra manera el blog me temo que se va a hacer muy largo hoy. Al principio dije que no se trataba de elegir mis favoritas, que sin duda hay cientos, sino de ir plasmando aquellas que vinieran a mi cabeza. Pero no es del todo cierto. Haré una confesión que no es tal, ya que ha aparecido en anteriores ocasiones en el blog. Hay una escena omnipresente en mi memoria, y es, sin ningún género de dudas, mi favorita. Cuando al final de BLADE RUNNER, el Nexus 6 llamado Roy - magistralmente interpretado por Rutger Hauer -, pronuncia unas breves palabras a modo de despedida antes de extinguirse. Momentos antes, ha decidido en última instancia salvarle la vida a Rick Deckard, quizás porque en su deseo de no morir, había tomado consciencia de la belleza de la vida, más allá de su condición no humana. Y es que como decía el añorado comentarista Andrés Montes, la vida puede ser maravillosa.
 
 
 
 
Con esta sobrecogedora escena (al menos para mí), acabo por hoy este caótico y desordenado repaso de algunos de los fotogramas que pueblan mi memoria. Pero os invito - y casi os ruego - que me hagáis llegar los vuestros. Ya sabéis que no pretendo que este blog sea un discurso unidireccional, así que me haría mucha ilusión que compartierais conmigo esos momentos de película que también a vosotros os quedaron grabados para así poder también yo disfrutar de ellos. Como digo siempre, este es un blog abierto y aquí todo tiene cabida, así que ESPERO CON IMPACIENCIA VUESTROS FOTOGRAMAS EN LA RETINA...
 
Al final todas estas escenas, las mías, las vuestras y las de todos, contienen la esencia de la vida. El amor, la risa, el llanto, el dolor, la acción, el miedo, la pasión…
 
Nos vemos pronto. Un abrazo.


domingo, 2 de septiembre de 2012

Aquella noche había llovido

“Aquella noche había llovido”.
 
Aquí acaban siempre todos mis intentos por escribir un libro. Vale, reconozcámoslo, muchos esfuerzos no he hecho, más allá de pasarme horas pensando sobre ello. Bueno, al menos tengo una frase, aunque para ser honesto, no dice mucho. Eso sí, en mi defensa he de decir que en estos años he hecho algunos avances meritorios, y han ido apareciendo sucesivas variaciones del comienzo:
 
“Aquella noche había estado lloviendo”.
 
“Aquella noche estuvo lloviendo”.
 
y la más arriesgada tras varios meses de vanas y fútiles combinaciones…
 
“No había dejado de llover en toda la noche”.
 
Al final (por favor decidme que coincidís conmigo), me sigo quedando con la primera, pero diré que estoy muy orgulloso del trabajo realizado hasta ahora en busca de un buen arranque. Sin un comienzo claramente definido, es difícil tener una continuación… Duro trabajo el del escritor de novelas.
 
¿Y el título? Pues la verdad es que no me preocupa mucho el título. ¿Y la historia? Tampoco sé qué contendría, ni mucho menos de qué o quiénes hablaría. Por supuesto, no hace falta decir que ni siquiera tengo un esbozo del argumento. Pero ahora sí estoy seguro que empezaría por esa frase.
 
“Aquella noche había llovido”.
 
Imagino invariablemente a un hombre como protagonista principal, probablemente de mi edad, aunque las pocas veces que le veo en mi mente, me resulta especialmente difícil establecer con precisión qué años tiene. Mediana estatura, o quizás un poco más alto. Su complexión es normal. No es especialmente delgado, aunque a primera vista lo parece. Sin embargo, hay un matiz en su figura que sin saber exactamente qué es, me produce un cierto desasosiego. Está muy lejos de ser un sujeto que pase desapercibido, eso seguro. Su pelo es moreno y muy largo, recogido en una coleta y sin un atisbo de brillo. Lo veo en este inicio del libro abatido, cansado. Si miro de nuevo y presto más atención, observo algún detalle más. El extremo de un tatuaje asoma por su cuello. Es difícil averiguar de qué se trata, pero parece extremadamente elaborado. Me intriga. Tendré que pensar más sobre ello.
 
Pienso también en su apartamento. Oscuro, con poca luz. Un edificio muy alto, gris, arquitectura moderna basada en el cemento como elemento decorativo. El bloque de viviendas se mimetiza con otros iguales a su alrededor. El cemento gana, el cristal y los colores pierden. Aquí vive mi personaje.
 
Posiblemente es otoño, ya casi acariciando el invierno. Sí lo sé, la lluvia de la primera frase podría ser la de una tormenta de verano, siempre inesperada, siempre refrescante, pero algo me dice que no hace mucho calor al comienzo de esta historia, y tampoco consigo captar el fuerte olor a tierra mojada que dejan los chaparrones veraniegos, así que, amigos, no es verano.
 
Quizás la historia se sitúa en París, quizás en Nueva York, o cualquier otra gran ciudad. Aquí tengo muchas dudas. Lo que es seguro, es que no consigo imaginar al principal actor de la novela en un pueblo de Castilla o una villa de la Toscana.
 
Aún es pronto para saber la época en la que se desarrolla la historia. Claro que, en mi caótico desorden de ideas, causa precisa de mi incapacidad para poder escribir un relato coherente, cruza por mi mente la idea de futuro. Posiblemente finales del siglo XXI (a veces me digo a mi mismo que debo sacarme la influencia de Blade Runner si quiero algún día intentar escribir de verdad...).
 
En cualquier caso, siento también que mi personaje tiene una tarea por delante, un reto, un desafío que le obligará a aparcar la vida que llevaba. El sacrificio será duro y no habrá vuelta atrás. Pienso asimismo que esto no es muy original, y que no diferenciaría demasiado a esta novela de otras, pero es evidente que no puedo pretender que mi no-libro sea un best seller empezando con la ya archiconocida frase…
 
“Aquella noche había llovido”
 
Ya está. Lo vuelvo a ver. Veo cómo observa la calle mojada en esa primera escena del libro. Una mano apoyada en la ventana, mientras algunas gotas de la lluvia aún resbalan sobre la superficie del cristal creando carreras figuradas que siempre terminan en el mismo lugar. La otra mano, en un gesto de resignación, agarra su nuca. La cabeza inclinada, la mirada perdida, vacía. La cortina, vieja y raída, está a medio correr. Al interior no pasa más que una luz tenue, y se pueden ver los débiles rayos iluminando el salón. Aún no ha amanecido completamente.
 
Huele a café. Me digo a mi mismo que esto tampoco es original, pero en la escena huele a café. Qué le voy a hacer. Lo que es seguro es que no hay cápsulas, ni máquinas modernas. Lo más que alcanzo a ver en la primera página del libro nunca empezado es una vieja máquina de café, de principios del siglo XX. Esto me despista. ¡Qué contradicción!. Futuro, pasado, presente. Dejaré la ubicación temporal de la novela para más adelante…
 
Si cierro los ojos otra vez puedo ver el interior del salón. No hay colores. Quizás el libro sea en blanco y negro. Vaya, qué tontería, todos los libros se escriben en blanco y negro. Las paredes están cubiertas con papel pintado, recordándome por un momento el estilo psicodélico de primeros de los años 70, pero con tonos tristes y apagados. El sofá, cubierto con una austera manta, confirma mi impresión de que el apartamento donde vive mi personaje es todo menos un hogar. De nuevo me ataca la obsesión por conocer el momento, pero es muy difícil saber con precisión la época en la que se desarrolla la historia. Pese a las pistas del decorado de la pared, me temo que el exterior del edificio y, sobre todo, algunos objetos que no logro identificar en el salón, hacen la escena muy confusa.
 
Abro los ojos de nuevo. Una pena, porque esa inspiración acaba de desaparecer. Ha sido el enésimo intento. Esta vez ha sido muy intenso, pero nunca logro que sean más de treinta minutos de inspiración. Algún día puede que visualice algo más, alguna clave que me de los indicios suficientes para empezar a escribir… dos páginas.
 
Pero al final, como casi siempre, pienso, imagino, fabulo… y no escribo nada. Menos mal que esta vez tenía el blog a mano.
 
“Aquella noche había llovido”
 
Hasta la próxima. No dejéis de leer, escribir, cantar, bailar, saltar, actuar, sonreir, reir... que la vida pasa en un momento.


miércoles, 15 de agosto de 2012

Con chanclas y a lo loco

Antes de subir a la avioneta, la observo atentamente, No es demasiado grande, y por un momento me recuerda aquellos aparatos en los que siempre monta Indiana Jones en sus aventuras, aunque espero que aquí no falle, como suele ocurrirle al bueno de Indy. Sin  embargo, veo demasiada gente preparada para subir y me pregunto cómo entraremos dentro, aunque sé que pocos segundos más tarde lo voy a comprobar por mí mismo. Uno a uno, vamos entrando por la compuerta lateral, y una vez en el interior, nos vamos sentando de espaldas a la cabina del piloto, en dos bancos laterales, con una pierna a cada lado. Los dos bancos se llenan rápidamente. Seis personas en cada banco y otras tres en el suelo, entre ambos bancos. Mi hermano está detrás de mi instructor, a muy poca distancia. En menos de tres minutos estamos todos colocados y listos para empezar la aventura. “Demasiado apretados” me digo a mi mismo…

 



El motor arranca y la monohélice frontal empieza a girar. Nos movemos. La compuerta por donde debemos saltar permanece abierta mientras avanzamos por la pista, aunque no por mucho tiempo. Uno de los instructores baja la persiana plástica semitransparente, y poco después, despegamos. Nos elevamos rápidamente, y por desgracia, no tengo ni un solo punto donde agarrarme para sobrellevar mejor los posibles vaivenes del ascenso. No hay barras, ni apoyabrazos, ni un simple saliente en la pared metálica interior donde pueda poner esa mano que me haga sentir más tranquilo, así que no me queda más remedio que llevar ambas manos sobre mis rodillas. La subida es rápida, pero sorprendentemente y para mi satisfacción, no hay excesivo movimiento, y la avioneta parece ascender suavemente. Seguimos subiendo. No hay ventanillas, pero afortunadamente puedo ver a través de la persiana corredera – aunque con mucha dificultad - la distancia a la tierra, y pienso en que no me hubiera gustado no poder ver absolutamente nada hasta el momento del salto. Eso me habría puesto seguramente muy nervioso.

1.000 metros. Sólo mi hermano y yo vamos acompañados por un instructor. El resto del pasaje son saltadores “profesionales” que no saltan por primera vez. Me fijo en los equipos e indumentarias de cada uno, sus monos bien ajustados, gafas, cascos, y pienso que yo voy con unos pantalones de lino, camiseta de playa veraniega y… ¡¡unas chanclas!! Lo vuelvo a pensar y sonrío por dentro pensando que el DVD que he contratado con el salto se podría llamar perfectamente “Con chanclas y a lo loco”.




2.500 metros. Todos los integrantes del vuelo mantienen desde el despegue un gesto serio de concentración. Por mi cabeza imagino a aquellos paracaidistas de las guerras, saltando de uno en uno. No me puedo quitar de la cabeza esa imagen. Nosotros saltaremos en unos minutos por un reto, por una promesa, por diversión, por amor... Ellos saltaban sabiendo que muy probablemente no volverían a casa, saltaban por su país, por su pueblo. Otros muchos saltaban por obligación, muertos de miedo. Sigo pensando. Como siempre, al nivel del mar o en las nubes, mi cabeza es un hervidero de miles de imágenes y pensamientos que cruzan mis redes neuronales a la velocidad que la luz. Consigo abstraerme. “Eso está bien”, me digo.

3.000 metros. Puedo ver cómo la avioneta va alcanzando más y más altura a través del altímetro que llevan los saltadores en las muñecas. 3.100, 3.200… Unos son sofisticados, con grandes números digitales. Otros utilizan aún una manilla o aguja que indica sobre un marcador, a modo de reloj, la altitud alcanzada. Es curiosa la forma en la que me voy fijando en esos pequeños detalles. De alguna manera, he alcanzado una tranquilidad inesperada. Sólo me molesta la incómoda posición. Delante de mí, un saltador con su enorme mochila a la espalda conteniendo todo el equipo de salto. Apenas hay espacio entre mi pecho y su equipo. Mucho peor es la situación de las piernas. En el suelo, un paracaidista va sentado sobre uno de mis pies, y no existe literalmente espacio para liberarlo y mover la pierna. Mi gemelo izquierdo, donde el pie va aprisionado y en tensión desde el mismo despegue, se queja pidiendo movimiento. Me digo a mi mismo que ya queda poco, y que hay que aguantarse.

3.500 metros. De repente, como obedeciendo a una inexistente señal, los saltadores empiezan a desearse suerte entre ellos en una especie de ritual cientos de veces ensayado. No sé a ellos, pero a mi me da la impresión de que les sirve para que la tensión y concentración mantenida durante la ascensión pase a un segundo plano y el cuerpo se pueda relajar antes del salto. Observo cómo van chocando primero sus palmas, para inmediatamente a continuación chocar sus puños, y en un tercer movimiento, hacer cada uno de ellos un signo con sus manos. La V de victoria, el símbolo surfero del dedo gordo y el índice, el pulgar hacia arriba, y otros gestos de complicidad. Pese a que mi hermano y yo no somos del grupo de profesionales, la mayoría de ellos chocan también sus palmas y sus puños con nosotros. Por supuesto, ambos nos damos la mano, como no podía ser de otra manera. “Brothers in the air”. Reflexiono de nuevo sobre mi sorprendente calma. Mis sentidos están más abiertos que de costumbre. Sigo observando todos los detalles, y parece que todo se ralentiza a mi alrededor, como una película a cámara lenta… Nos acercamos a la altura de salto.

4.000 metros. Ha llegado el momento. El motor se apaga, la hélice para súbitamente, y el avión planea sin hacer ruido. Esto me inquieta durante un instante, ya que nadie nos había informado sobre esta parte, pero transcurridos unos segundos me tranquilizo de nuevo. Los que estaban delante de mí, van saltando uno a uno. Veo como caen, y la velocidad a la que se separan del aparato. Cada uno utiliza un estilo. No hay palabras para describirlo. Vuelven a mi mente por escasos instantes esas imágenes de las guerras. Pero ahora ya no hay tiempo de pensar más. Es mi turno. Mi instructor y yo, pegados como si fuéramos uno, nos deslizamos por el suelo de la avioneta arrastrando nuestros traseros. Realmente es él quien finalmente me coloca, y quien dirige toda la maniobra antes del salto. Ahora sí, las pulsaciones se disparan, ya no hay vuelta atrás. Alcanzamos la compuerta lateral, y me quedo sentado en el borde a 4.000 metros de altura, con las piernas colgando como en un columpio, contemplando a través de las gafas cientos de parcelas de cereal ya cosechado. Me centro en cumplir escrupulosamente las instrucciones que me han dado antes de despegar. Mis brazos, fuertemente aferrados a las sujeciones de mi arnés. Empiezo a doblar mis piernas, intentando que mis talones toquen la base de la avioneta como me han dicho. La cabeza hacia atrás y el cuerpo totalmente arqueado. Gonzalo, mi instructor, agarra fuertemente mi cabeza y la echa hacia atrás mucho más de lo que yo por mi mismo soy capaz de girarla. Mi cuello nunca ha sido muy flexible, y en esta situación menos, pero aunque me duele, lo último en lo que pienso ahora mismo es en quejarme. Ahora sí estoy listo. Y sin apenas darme cuenta, mi cuerpo deja repentinamente de estar en contacto con el avión, y por primera vez en mi vida, estoy volando.



 
3950, 3900, 3850… Caemos. En el primer instante, noto cómo la inercia del salto hace que empiece a girar como si estuviera dando una voltereta en el aire, pero rápidamente nos estabilizamos. Es evidente que el instructor ha empezado a hacer su trabajo ya que yo ni siquiera he pestañeado para evitar el giro. A los pocos segundos, la señal. Dos toques en la espalda que me indican que ya puedo liberar los brazos y disfrutar de la caída libre. Abro los brazos y los coloco en la posición entrenada. He dejado ya de notar que somos dos. Sólo tengo la impresión de llevar una mochila a la espalda. Noto la impresión física de caer, pero sorprendentemente no tengo sensación de velocidad. La tierra está tan lejos que me resulta difícil, sin puntos de referencia, entender que estoy volando en caída libre a una velocidad cercana a los 200 Km/h. El aire choca contra mis brazos y mi rostro, aunque no llega a doler. De repente, enfrente de mi aparece como por arte de magia la chica que se ha tirado para hacer el reportaje de vídeo y fotografía. Me da la mano, me filma, me hace fotos, y voy tan relajado que me dedico a posar y poner el tan manido y poco original signo de la victoria con mis manos. Es increíble. Estoy viviendo lo que tantas veces he visto en esos vídeos que tanto nos impresionan. Caída libre…


 


Llevamos casi un minuto cayendo, y apenas soy consciente de lo que está pasando. Súbitamente, dos toques en la espalda de mi instructor me recuerdan que no estoy cayendo sólo, y es la señal que me indica que de nuevo debo agarrar bien el arnés con mis brazos. El paracaídas se va a abrir. El tirón es fuerte, pero menos de lo que yo pensaba. Lanzo gritos de euforia. No paro de gritar entusiasmado liberando toda la adrenalina. Gonzalo se anima y aunque probablemente sea su salto número 1.000, grita conmigo. “¡¡¡¡Yeeeehhhaaaaauuu!!!!”. Después de hacerse plenamente con el control y estabilizarnos, me invita a coger las riendas del paracaídas por unos segundos, pero le digo que no, me parece un poco arriesgado, así que decido que sea él quien haga todo el trabajo.


 


Algo no va bien. No me siento cómodo. A los dos minutos, y mientras nos deslizamos suavemente con el paracaídas, me empiezo a marear. No se la razón, pero no me encuentro nada bien. Parecía que la parte más difícil había pasado, pero no es así. Aún nos quedan cuatro minutos para aterrizar, así que se lo digo a Gonzalo. “Respira hondo, relaja todos los músculos, suelta los brazos…” me dice. Estoy realmente mareado, y cada vez me encuentro peor. Es igual que la sensación de mareo en un coche, cuando necesitas urgentemente que el conductor pare para bajarte. Por desgracia, aquí no hay posibilidad de parar, así que intento por todos los medios inspirar y espirar profundamente como me han dicho. Pienso que posiblemente no haya respirado bien en la caída libre, y que los gritos me han dejado sin oxígeno. O quizás simplemente es algo normal en un primer salto.
Nos acercamos a tierra. Son más de cinco minutos bajando con el paracaídas. Tengo la impresión que todo ha sido cortísimo, y realmente lo es, pero la última parte del vuelo merece la pena, es impresionante, y me da mucha rabia no estar bien para disfrutarla. Estamos a punto de aterrizar. No llego en buenas condiciones, pero soy consciente de que un momento antes de tocar tierra debo levantar las piernas todo lo que pueda. Ya me han avisado “tenemos que aterrizar de culo”. El aterrizaje no es muy limpio, y me llevo un pequeño raspón donde la espalda pierde su buen nombre, pero sin embargo, un poquito tembloroso y mareado, me levanto con una gran sonrisa, y abrazo al instructor. El tío ha hecho un gran trabajo. Un gran profesional con un reto nada cómodo. Saltar con alguien de casi 100 kg no debe ser tarea fácil. Esta vez no grito, básicamente porque no tengo fuerzas para ello. Bastante hago con mantenerme en pie.




Veo acercarse a mi hermano, con mucho mejor aspecto, y nos fundimos en un abrazo. Ha cumplido su sueño de tirarse en paracaídas, y yo estoy muy feliz y orgulloso de haberle acompañado.


Reto cumplido.


Felicidades brother, no todos los días se hacen 40 tacos…


lunes, 6 de agosto de 2012

Unas risas por favor... aunque sólo sea por un día

Hace ya una semana que volví de Gales, y la verdad es que la vuelta ha sido mucho mejor de lo esperado. Como ya os comentaba hace unos días, la intensidad de estas "vacaciones" tiene un lado muy positivo, y es que aunque físicamente el esfuerzo es enorme y cuesta mucho recuperarse, a nivel mental la desconexión es brutal, y las dos semanas cunden realmente como si me hubiera ido dos meses. Así que por esta vez, no diré la frase habitual de "se me han hecho muy cortas"...

Como os decía, la vuelta ha sido muy tranquila, y sobre todo muy agradable al ver de nuevo a la familia, los amigos y los compañeros, y compartir con ellos las mil y una anécdotas del viaje. Las buenas, y las malas, aunque si os digo la verdad, ya sabéis que la memoria es muy selectiva, y conforme pasan los días, visualizo una y otra vez mis encuentros con los caballos, las risas con aquél holandés, o la emoción de ver aquellas focas peleando por un puesto en la roca. Y de esos otros recuerdos menos buenos, pues me acuerdo poco. De todas formas, escribí durante la experiencia galesa que lo positivo superaba con creces lo negativo, y ahora me reafirmo muchísimo más, pensando ya qué nueva aventura podría afrontar el próximo verano.

Sin embargo, y a pesar de este espíritu optimista y vital, viendo, oyendo y leyendo las noticias desde que he llegado, no veo más que un halo de pesimismo que lo inunda todo. De hecho, mi intención hoy era criticar abiertamente a los medios de comunicación por contribuir de manera notable a ese pesimismo colectivo.

A modo de ejemplo, os reto a que me citéis un par de buenas noticias que hayáis visto o leído durante los últimos siete días. Que no sean deportivas, evidentemente (y eso que tampoco habría tantas…). O que, también como prueba, me citéis a un par de personas ejemplares que hayan ocupado alguna portada de periódico o titular de los telediarios. No, yo tampoco sería capaz, si no fuera porque durante esta semana me he puesto como tarea dedicar un ratillo a buscar esas buenas noticias o simplemente estas personas valientes que deberían servir de ejemplo a muchos. Y creedme que las he encontrado, pero me ha costado una barbaridad.
 
 
Los periódicos, la radio y la televisión se encargan diariamente de darnos únicamente noticias sobre tragedias, guerras, recortes, políticos corruptos… No dudo sobre la necesidad de saber lo que ocurre alrededor, pero propondría como obligatorio dar al menos dos buenas noticias en cada informativo, y citar al menos otro par de personas ejemplares. En fin, mi propuesta quedará en el desierto, pero por pedir que no quede...
 
 
Ya dije en mi primera entrada de este blog allá por Junio, que las caras largas estaban más que justificadas en muchos casos, pero que este blog no estaba hecho para contribuir a alargarlas aún más, sino todo lo contrario. Y es por ello que mientras esta semana hacía cada tarde varias horas de sofá al volver a casa del trabajo, preparando un precioso video resumen sobre el viaje, me preguntaba como podría contribuir por lo menos a generar unas cuantas risas. Y precisamente preparando este video, compendio de los casi 200 que grabé en el viaje (todos de pocos segundos), es cuando encontré entre todos éstos uno del que no me acordaba y con el que no he parado de reirme toda la semana. Si a todo esto añadimos que soy un poco (vale, vale, soy bastante...) payaso y que me gusta a veces perder el tiempo haciendo chorradas, tenemos la combinación perfecta para generar unas risas compartidas (en este blog ya sabéis que todo se comparte) en un video que no era exactamente el que tenía pensado elaborar esta semana...

No me enrollo más. Aquí os dejo el video. Ponedlo a pantalla completa para reír mejor. Sólo espero que me den el Oscar al mejor actor (secundario, por supuesto), o un Globo de Oro al mejor director en la categoría de comedia. Ya veis que me conformo con poco.

Si alguien no se ríe, que me lo diga, por favor, y le devolveré el dinero de las entradas con mucho gusto.

Sed felices amigos y seguid disfrutando del verano (los que podais).



lunes, 30 de julio de 2012

Y la donación es para...

Como ya os adelantaba antes de partir rumbo a Gales, parte de esta aventura tenía un componente solidario, y mi compromiso antes de empezar fue donar un euro por kilómetro caminado en este reto, lo que ascendería aproximadamente a 300 €. La verdad es que no sé si he llegado a caminar toda esa distancia por completo, pero eso ahora no importa demasiado. Incluso si hubiera recorrido tan solo un kilómetro, hubiera donado la misma cantidad. Ahora, una vez de vuelta, viene la decisión más difícil, que es decidir a quién donar esta cantidad. He recibido varias propuestas entre los lectores del blog y a través de facebook, y mi intención como muchos sabéis era hacer un sorteo para dilucidar quién sería el agraciado. Sin embargo, y siguiendo ese carácter impulsivo del que os hablaba hace pocos días, he cambiado finalmente de decisión y donaré esa cantidad basándome en la cabeza y sobre todo, cómo no, el corazón.

Así pues, la donación irá a parar a la Fundación CRIS Contra el Cáncer. Se trata de una organización independiente y sin ánimo de lucro dedicada al fomento y desarrollo de la investigación para la erradicación del cáncer. Soy plenamente consciente de que no es mucho dinero, pero grano a grano se hace una montaña. Y soy también consciente de que había otras muchas opciones de las que os hablaré luego, pero esta ha sido mi decisión.


Aunque todas las donaciones son buenas por sí mismas y no necesitan de razones, sí que me apetece en este caso comentaros qué me ha llevado a tomar esta decisión.

La primera razón para elegir esta fundación, es la razón de la cabeza. Porque creo firmemente que sin investigación la medicina seguiría anclada en aquellos siglos oscuros donde no se podía curar prácticamente ninguna de las enfermedades que hoy conocemos. No existirían los sofisticados medicamentos ni los tratamientos preventivos y paliativos si antes no hubiera existido una profunda investigación. Y por supuesto no existirían ni los aparatos de rayos X, ni los modernos equipos TAC, ni toda la avanzada tecnología que hoy vemos en los hospitales y que tantas y tantas vidas salva. Y hoy más que nunca, los recortes en I+D hacen cada vez más difícil esta clase de investigaciones, y creo que este tipo de iniciativas merecen una oportunidad.

La segunda razón es más personal, más importante y más profunda, y es la del corazón y los sentimientos, y es que el cáncer, como seguramente os ha ocurrido a muchos de vosotros, se ha llevado a algunos de mis seres queridos en los últimos años, y esto siempre marca. El corazón me dice que colaborar con la lucha contra esta plaga de nuestra época será un muy buen destino para el donativo.

No obstante, amigos, y aunque sé que la situación está jodida y que para algunos no es posible en estos momentos, desde aquí os animo a los que podáis, a realizar alguna donación, haceros socios, o simplemente arrimar el hombro en cualquier asociación, fundación u ONG que realice una labor que consideréis interesante… Hay muchas, muchísimas. Entre las propuestas que recibí estaba por ejemplo entre otras, Médicos Sin Fronteras, que realiza sin lugar a dudas una impagable labor en todo el mundo y que es una de las ONG más respetadas y valoradas por la sociedad. Pero también había otras propuestas como la Fundación Vicente Ferrer, Save the Children, ACNUR… así como otras asociaciones de carácter más local de padres de niños con enfermedades, de ayuda a los niños con discapacidades, etc. Todas estas y otras muchas más que podéis encontrar en vuestra región, en vuestra ciudad o incluso en vuestro barrio son merecedoras de apoyo. No dudo que para todas podría haber encontrado también dos, tres, cuatro o infinitas razones para entregar la donación, pero sólo podía elegir una.

Nada más, esto es todo por hoy. Pronto vendrán unas espectaculares e inéditas fotos del viaje por Gales, pero antes tendré que elegirlas entre más de mil, lo que con seguridad me resultará incluso más difícil que la elección anterior.

Hasta la próxima semana,

Un abrazo para todos.